Detrás del brillo

Un relato sobre la ilusión de control

Musicalizado: Aquí
versión bilingüe

Editorial:
Un tramo de montaña, un espejo retrovisor y la ilusión de control frente a la cruda realidad. A veces, el verdadero riesgo no está afuera, sino dentro de nosotros… y eso puede aplicarse a muchos ámbitos de la vida: What Goes Around… Comes Around.


[Ante comentarios recibidos, aclaramos que los personajes son ficticios y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.]

La ilusión de control.

El ocaso de octubre caía con una indecisión casi humana. Las nubes, densas y bajas, parecían disputarle espacio al sol, que se despedía en un rojo encendido, como una herida abierta en el horizonte. La luz oblicua se filtraba por el parabrisas y encendía destellos metálicos en el tablero de mi vehículo deportivo, que respondía dócil, potente, vibrante bajo mis manos.

Mientras el sol caía sobre la ruta, mi gatita Lolly, que siempre me acompañaba, dormía tranquila en el asiento del acompañante. Ella era la depositaria de todo el amor que les negaba a los demás. Solo verla me daba paz.

Conducía con el cuerpo levemente inclinado hacia adelante, como si el impulso no bastara y también quisiera empujar el auto con la voluntad. Me sentía fuerte. Segura. Invencible. El mundo parecía ordenarse a mi paso: la ruta recta, el motor firme, el asfalto limpio.

Los demás vehículos eran obstáculos menores, figuras lentas, casi decorativas. Miré el GPS: la línea azul se extendía interminable. Cientos de kilómetros por delante. El tiempo apremiaba y yo tenía el control.

Me sentía como Hécate, llena de recursos, bebiendo de ambos extremos; en paz con Dios mientras operaba bajo las codicias de Belfegor. Convencida de que nada podía detenerme. Simultáneamente podía meterme de lleno en la victimización y sentirme humilde.

¿Por qué seré tan compleja? ¿Genio o simplemente extraña? Quizá, a veces, necesito impugnar mis propios juicios.

Creía manejar los sentimientos mejor que nadie, y esa certeza me otorgaba poder sobre quienes no podían hacerlo. Tenía setenta pruebas de mi dominio. Me sentía como un artista capaz de pintar cada cuadro, a la medida exacta de la sensibilidad de sus mecenas.

La inteligencia emocional con la que había aprendido a manipular a las personas —sobre todo a los hombres, con sus pensamientos más básicos— me parecía infalible.

O eso creía…

La advertencia.

En medio de las cavilaciones exitistas de mi mente —que nunca descansa, siempre anticipa, siempre juzga, siempre acierta— apareció, al frente, algo lejano.

Primero fue apenas un punto oscuro en el horizonte, casi una mancha. En segundos tomó forma, volumen, presencia: un camión grande, pesado, desplazándose con una parsimonia que me resultó insufrible. Me acerqué rápido. Demasiado rápido. Cuando busqué el espacio para sobrepasarlo, las luces del camión parpadearon y su mole se corrió lo justo para cerrarme el paso.

El gesto me atravesó como un insulto.
¿Que se creen estos camioneros? ¿Dueños del camino?

No consideré otras posibilidades. No miré la ruta más adelante ni pensé que alguien pudiera saber algo que yo no. Mi instinto habló primero y mi prejuicio le dio la razón: seguro era un resentido, un viejo aferrado a su territorio, incapaz de tolerar que alguien avanzara más rápido.

Insistí. Las luces altas cortaron el aire. Con la bocina rompí el silencio del atardecer. Mi irritación crecía, alimentada por la interpretación más cómoda: provocación. El camión no aceleraba. No podía. Quizás llevaba peso, quizás experiencia. Quizás sabía algo que yo no. No me importó. Yo solo quería llegar y él era un estorbo.

Cuando por fin encontré un hueco, me lancé con una mezcla de coraje y soberbia. Al pasar, apenas lo vislumbré a través del techo vidriado; desde arriba. Una barba rojiza enmarcaba su rostro curtido, y su sonrisa tranquila parecía observarme como quien mide el peligro sin prisa.

Te pasé viejo de M…

El camionero levantó el índice y señaló hacia adelante.

No me importó. Toqué bocina otra vez, zigzagueé delante del camión, saqué el brazo por la ventanilla y levanté la mano, con el dedo medio erguido como un estandarte de victoria. Aceleré, convencida de haber ganado una batalla que solo existía en mi cabeza.

—Viejo loco. Que se meta el dedo en el cu…

La curva llegó pronto. Demasiado pronto. Y con ella, la verdad.

ROCAS

Rocas. Grandes, irregulares, esparcidas como si la montaña hubiera decidido invadir la ruta. El tiempo se contrajo. Giré el volante con violencia, los neumáticos chillaron, el freno respondió tarde. El auto se sacudió y mi cuerpo también. El corazón me golpeó el pecho. Y el motor se apagó.
Lolly salió disparada del asiento del acompañante. Chocó contra el torpedo y rebotó instintivamente hacia mí, aferrándose con sus pequeñas garras a mi brazo.
—¡Lolly! —grité, conteniendo el miedo y el dolor de sus zarpas—. ¡Me estás lastimando!

La sujeté con cuidado y la devolví a su pequeño almohadón de plumas forrado en terciopelo, transmitiéndole la calma que yo no tenía. Su respiración agitada y sus ojos grandes y asustados me devolvían el miedo que recién había sentido con un gemido desgarrador. Por un instante, la vulnerabilidad ya no era solo mía: era compartida.

Con un movimiento lento, jalé el freno de mano intentando transmitirle a Lolly la calma que yo no tenía. Ella seguía cada clic del mecanismo con sus ojos grandes y atentos, fijos en mi mano, como si entendiera la gravedad de aquel instante, mientras sus patas temblaban ligeramente, aferrándose al terciopelo como si sintieran mi miedo.

Asegurándome de que no escapara, bajé del auto, recorrí la carrocería con las piernas tensas buscando daños inexistentes y descargué la bronca pateando piedras pequeñas que salieron despedidas sin rumbo, haciendo crujir la grava bajo mis botas, un gesto inútil pero necesario para sentir que aún controlaba algo.

Miré el celular. Sin señal. El silencio de la montaña me envolvía. Estaba sola. Muy sola.

Entonces entendí: eso era lo que el camionero señalaba.

Un escalofrío me recorrió. Por un instante, tuve la sensación de que él quería impugnar la seguridad con la que me movía, de que su mirada evaluaba cada uno de mis movimientos, como quien corrige una osadía.

De pronto, el sonido.
Un claxon grave, profundo, que rebotó en los cerros como un aviso antiguo.
El camión se acercaba.

¿Lo esperaría para pedirle disculpas? ¿Usar mi encanto femenino? ¿Mi poder disuasivo? ¿Victimizarme? Los recursos indignos para mi eran rutina, parte de mi vida.

No, no podía arriesgarme. Podía ser una bestia, y aunque había embelesado a varias bestias con mi poder de manipulación, a este ni lo conocía ni sabía qué clase de animal podía ser.

Quizás venía lleno de ira, y aquí no había cámaras ni seguridad… si yo lo sabía, él también.

¿Y si era un psicótico?

La respuesta no llegó, porque el miedo se adelantó. Recordé su brazo apoyado en la ventanilla: robusto, macizo, como una promesa de fuerza disponible. Pensé en mi cuello delgado, en una fragilidad que nunca había querido admitir. Todo mi empoderamiento se volvió abstracto, apenas válido en ese borde del mundo donde la razón parecía disolverse. En ese entorno primario, donde la sabiduría se repliega y la fuerza bruta ocupa el centro, las amígdalas de mi cerebro gritaron: peligro.

El hombre que habría querido protegerme se transformó, en mi mente, en una amenaza: un enemigo fabricado por mi soberbia. Tal vez no lo fuera, tal vez sea solo un buen tipo, de esos que no se enojan fácilmente. Pero ya era tarde, y me gobernaba el pánico.

Me sacudí el polvo, me metí de golpe en el asiento y giré la llave. Nada. Otra vez. Nada. El pulso acelerado, la respiración corta. El camión estaba cada vez más cerca. Aspiré hondo, tratando de contener mis emociones, y un olor inconfundible me llegó a la nariz: nafta. Recordé a mi padre, su voz firme explicándome cómo no ahogar el motor.

Mi cabeza se volvió un torbellino de pensamientos oscuros, desordenados. Imágenes sin lógica se superponían unas a otras; incluso aquella vieja película de terror sobre camioneros irrumpió en mi mente,  como si la hubiera visto la noche anterior.

Sentí vergüenza de mí misma. No pude frenarlo.
¿Dónde estaba Dios? ¿Dónde la Virgen a los que llenaba de rezos y promesas cada día?

Que arranque este auto, por favor.
Que arranque ahora.
Apliqué lo aprendido.

Acelerador lento, hasta el fondo. Miré el espejo. Calculé segundos. El camionero hizo sonar la bocina en pulsos irregulares, casi como un código. Pensé en el morse. En mi tío radioaficionado y en todo lo que nunca quise aprender. La bocina insistió. ¿Qué intentaba decirme? ¿Venía a ayudarme o a aplastarme?
La respuesta me golpeó antes que el sonido: otra vez había sido impulsiva. Y eso nunca terminaba bien.

Conté hasta diez. Giré la llave. Dos vueltas, Tres, Cinco. Y, justo cuando el claxon sonó una vez más, el motor rugió.

Arranqué con violencia, las gomas chillaron y salí disparada. Por el espejo retrovisor vi al camionero esquivar las rocas con facilidad. Claro. Él ya sabía.

El espejo

Aceleré mucho, pero el camión no desaparecía tan rápido como quería. Quizás también él había apretado el acelerador. Pero no podía competir con mi auto.
Sin embargo, algo se había roto.

La ruta seguía larga, despejada, pero ya no viajaba igual. Miraba el espejo seguido. El miedo se mezclaba con la culpa. El destino parecía alejarse.
La noche cayó. Las luces traseras me inquietaron. ¿Era él? Aceleré más… hasta que un patrullero me sobrepasó como un relámpago. Pensé en pedir ayuda, pero ¿qué les diría? Bajé la velocidad. Los radares me obligaron a respetar límites que me igualaban al camión.

La ansiedad persistía.

¿Para qué sirve la intolerancia y la soberbia, si te quitan la paz?

No hubo respuesta inmediata. Solo una certeza incómoda: no todo lo que frena es un enemigo, ni todo lo que corre sabe adónde va. A veces, la experiencia ve más lejos. No grita. No corre. Señala. Y a veces, solo escucha.

El empoderamiento no siempre acelera.
A veces escucha.

Seguí adelante. Como siempre. Convencida de que algo iba a inventar para salir airosa. Tal vez no vuelva a cruzarme con ese camionero. Tal vez ya no esté.

Pero la duda quedó.

¿Seguiría ahí, detrás, creciendo en mi imaginación como una amenaza que yo misma había creado, o sería mi temor algo real, dispuesto a impugnar todo lo que creí tener bajo control, alimentando esa paranoia que tantas veces me atormentó y que nunca aprendí a distinguir del instinto?

¿Volvería a verlo?
No adelante. Detrás. En el espejo retrovisor.

“No es el camino lo que asusta, sino el reflejo de un peligro que nosotros mismos generamos – y que persiste en nuestro retrovisor”


Leer el relato de Hécate

Leer el relato de Belfegor

2 thoughts on “Detrás del brillo”

  1. Buena metáfora para muchas que se sentirán aludidas. Final abierto no sabemos si el camionero era bueno o malo. para cuando el próximo capitulo?

    1. Hola Jeremy,
      gracias.
      Pronto podrás ver aquí un gran compendio de relatos, musicalizaciones y videos.
      Estamos apenas calentando motores.
      Cordiales saludos

Responder a Luly Cancel Reply

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