Fue diosa antes de que los dioses aprendieran a fingir orden. Zeus no la expulsó ni la exaltó: la dejó intacta, como se deja intacto lo que resulta demasiado útil y demasiado peligroso. Desde entonces carga con un prestigio ambiguo: venerada en público, temida en secreto.
Aparece en las encrucijadas, donde todos piden señales pero pocos aceptan respuestas. Lleva antorchas para alumbrar, aunque muchos prefieren llamarlas sombras cuando la luz incomoda. Porta llaves que abren puertas que luego se niegan haber cruzado. La invocan cuando conviene, la llaman demonio cuando el precio se vuelve real.
Tiene tres rostros porque uno solo sería hipócrita. Uno sonríe al devoto, otro observa al que duda, el tercero mira fijo al que cree poder amarla sin consecuencias. A Hécate se la honra con palabras limpias y se la traiciona con actos cobardes. Ella recuerda ambas cosas.
Amarla es un riesgo que pocos admiten. No porque castigue el amor, sino porque lo devuelve sin ilusiones. Quien la elige debe aceptar verla completa: protectora y abismo, guía y prueba. No tolera la devoción tibia ni la fe utilitaria.
Los hombres la llamaron diosa cuando les abría caminos y demonio cuando los obligaba a atravesarlos. Ella nunca corrigió el relato. Sabe que la hipocresía humana necesita símbolos a los que culpar.
Hécate no promete redención.
Marca el umbral.
Y observa quién se atreve a cruzar sin mentirse.