Belfegor no tienta con caos ni con sangre. Tienta con ganancia.
Se presenta como una idea brillante: riqueza sin fricción, poder sin desgaste, éxito que no deja marcas. No invita a la pereza abierta, sino a la codicia inteligente, esa que se cree más lista que el esfuerzo ajeno. Promete multiplicar sin sembrar y convencer sin construir.
No exige crímenes, solo pequeños deslizamientos morales: un atajo aquí, una concesión allá, una línea que se corre apenas. Enseña a llamar “visión” al apetito y “oportunidad” al abuso. Hace que la ambición se mire al espejo y se declare virtuosa.
Belfegor no roba: persuade de que mereces más.
No miente: selecciona verdades convenientes.
Convierte el deseo en derecho y el exceso en premio.
Quien lo escucha no se siente corrupto, sino astuto. Solo más tarde comprende que la ganancia obtenida sin límite exige algo a cambio: nunca dinero, siempre criterio.
Porque Belfegor no se alimenta de oro.
Se alimenta de la decisión de querer siempre un poco más,
incluso cuando ya es demasiado.
Al final, Belfegor es quien más almas se lleva,
porque la veneración a Dios y las plegarias
pierden todo valor frente a los hechos,
que nadie puede negar y que él puede probar.