Detrás de la curva
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Este relato no busca respuestas ni pretende imponer lecturas. Está narrado desde un ángulo inusual.
Está hecho de gestos, de silencios y de decisiones que a veces pasan inadvertidas. Ojalá el lector pueda hallar las metáforas que se muestran y, sobre todo, aquellas que permanecen apenas insinuadas, donde el sentido no se ofrece de inmediato, sino que se deja descubrir. Porque hay verdades que no se ven a simple vista y solo aparecen cuando uno está dispuesto a mirar más profundo.
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El rojo atardecer
El ocaso de octubre, con su rojo intenso que me recordaba tantas tardes de buena compañía, traía consigo la nostalgia de los placeres vividos y la resignación de saber que no volverían. Sin esos recuerdos, casi había perdido la capacidad de asombro ante las maravillas de la naturaleza.
Todo parecia rutina. No había otros caminos.
El sol se despedía filtrando su luz entre los árboles. Bajé sin prisa la visera; cada gesto, cada sombra, todo resultaba previsible en esa monotonía.
Sin embargo, cada mojón, cada curva, me hablaba como un viejo amigo que conoce mis secretos.
El reflejo
En el espejo apareció un punto, pequeño al principio, que crecía con prisa inquietante.
Brillaban al sol sus múltiples reflejos cromáticos: un deportivo moderno, conducido por alguien que vivía la adrenalina como un juego.
El bocinazo llegó antes que la imagen: seco, urgente, sin preguntar; solo exigir.

Crucé el camión despacio, lo justo para cerrarle el paso. No para molestar, no para marcar territorio. Para frenarla. Para protegerla de un peligro que ella no veía y yo conocía demasiado bien.
Ya había visto a muchos terminar en el fondo del barranco, con sus vidas arrugadas en un instante.
No quería cargar con una víctima en mi conciencia.
Por el espejo vi su rostro: una mujer joven, empoderada. ¿Por su dinero? ¿Por las leyes que la protegen? No pude adivinar su edad.
Tal vez una ejecutiva, tal vez una, famosa o millonaria. Nerviosa, convencida de que yo era el problema.
Insistió con la bocina, sacó el brazo por la ventanilla, blandiéndolo en el aire con enojo. El auto se movía detrás, buscando un hueco, como si yo fuera solo otro obstáculo: un camionero lento y resentido.
No la quise juzgar. Quizás estaba sola frente a un mundo que le enseñó a responder rápido, a confiar en señales invisibles, a creer que si nadie avisa el peligro no existe. Yo también estuve ahí alguna vez, aunque no con un volante tan liviano entre las manos.
Pensé en lo fácil que sería abrirme, dejarla pasar, desentenderme. ¿Para qué preocuparse por otro ser humano que ni siquiera conozco? Quizás sea alguien confiada en leyes pensadas para otros lugares, o una mujer admirable que no necesita normas para imponer su valor. Pero no me corresponde juzgar, sino ser coherente con mi conciencia. Especialmente allí, donde no mandaban normas ni derechos: mandaba la ruta. Y eso quizá no entraba en su manera de mirar el mundo.
Sostener
A lo largo de los años, aprendí que la fuerza estaba ahí, intacta. La indiferencia también. Pero nunca fue así como aprendí a andar.
Uno no suelta aunque nadie mire.
Uno sostiene.
Yo no veía más que ella. Veía distinto.
Después de muchas curvas, uno aprende que no todo peligro se anuncia, y que la realidad no necesita ser clara para ser verdadera. El peso no opina. La inercia no negocia. La curva no se adapta a lo que uno cree merecer.
Yo ya sabía lo que venía después del curvón: la contra-curva se cerraba a la izquierda. Explicárselo era imposible. El peso de la carga limitaba mi giro, y tenía que cuidarme de la fuerza centrífuga.
La prisa
Ella aprovechó el espacio, me sobrepasó y zigzagueó delante de mí, con el dedo en alto, desafiante, como quien cree ganar una partida. Confieso mi indignación. Imaginé que, en mi lugar, ella habría respondido con peor vulgaridad. Pero ¿qué podía hacer yo frente a la soberbia de quien humilla?
Tal vez creyó que yo quería imponerle algo. No entendió que lo único que intentaba era ganar tiempo.
•Tiempo para que el cuerpo alcance a entender lo que la cabeza todavía niega.
•Tiempo para que la ruta se muestre antes de exigir.
•Tiempo del que esta sociedad atolondrada cada vez dispone menos para lo real, subyugada por la inmediatez de lo virtual.
Todo quiere suceder rápido, sin pausa ni contacto con la verdad de lo que sentimos, sin conocer el peso de lo que sostenemos.
Aquí, en estas curvas, uno comprende que la paciencia no es pérdida de tiempo: es la única manera de no desaparecer en el abismo que ignoramos.
La sombra húmeda, las piedras del talud… todo seguía ahí, mucho más cerca de lo que ella podía imaginar. Las pequeñas ramas secas en la banquina eran el primer signo de cercanía. No había señal de teléfono ni advertencia de ningún navegador. La ruta no sabe de relatos. No discute, no explica, no pide permiso. Si te equivocás, te cobra. Siempre en efectivo.
La perdí tras la curva grande del mojón 81.
Hice sonar la bocina de aire y reduje la marcha.
Percibí su impaciencia, su bronca; esa certeza moderna de que nadie debe interponerse entre los deseos de otro.
A esta altura uno aprende que cuidar, a veces, parece provocar. Sobre todo ante quienes necesitan creer que no dependen de nadie, y leen cualquier gesto de ayuda como una amenaza a su propia grandeza.
Seguí firme, atento. Pensando en cuántas veces me pasó lo mismo: proteger sin explicación, frenar a otros sin esperar agradecimiento.
Caballero por vocación. No es virtud: es reflejo. Códigos antiguos que se pegan después de tanto pavimento recorrido.
Me cruzó una chispa de venganza, pero enseguida regresó mi condición de bienhechor. Recordé los códigos de marino: en la emergencia no hay buenos ni malos; todos somos víctimas del mar embravecido. Y este mar de silencio e incomunicaciones se le parecía bastante.
El mundo se había vuelto rápido y frágil al mismo tiempo. Ya nadie quiere esperar. Todos creen que la realidad responde como una pantalla. Pero el mundo real no se actualiza como las apps, notificaciones, redes.
El mundo insiste con su inercia.
La curva
Se terminaba el curvón y llegaba la contra-curva, con piedras esparcidas. Toqué bocina corto y reduje la marcha.
De pronto, al final de la curva, la vi. El auto cruzado. Ella afuera, pateando el piso de rabia. Reduje todavía más la marcha, moderando la inercia del camión. Hice un toque corto de bocina para asegurarme de ser notado.
En cuanto me vio, se zambulló al volante.
Yo avanzaba lento, ella inmóvil, como si esperara mi embestida.

Pensé qué haría ella en mi lugar. ¿Sería capaz de empujarme al barranco?
Tal vez sí.
Pero eso no podía cambiarme.
Respiré hondo, afirmé el volante con ambas manos y me repasé mentalmente la maniobra de frenado y detención.

Cuando ya estaba casi encima, arrancó de golpe, haciendo chirriar las gomas como en una picada callejera.
Yo seguí a mi ritmo, esquivando las rocas, y luego aceleré lo justo para no perderla de vista.
No necesitaba que me diera las gracias.
Nunca lo necesité. Me alcanzaba con que llegara. Con que no se lastimara. Aunque no lo supiera. Aunque me maldijera un rato más. Y con que, tal vez algún día, recuerde ese camión atravesado en la curva no como un obstáculo, sino como una pausa que el mundo le ofreció cuando todavía estaba a tiempo.
Mi centro
En este último tramo de mi andar ya no busco aprobación. Sigo firme, en mi estado natural, sabiendo que no todo puede acelerarse sin romperse, y que no todo lo que frena es enemigo.
Mientras la ruta se deshacía detrás de mí, el viento traía ecos de otros caminos que ya no recorreré. Los mojones se volvían sombras alargadas y el asfalto brillaba bajo el sol que caía.
La fuerza contenida, la que todos llevamos domesticada, permanecía a mi lado, intacta. Pero una pregunta flotaba. Si todo lo que hemos aprendido a contener reclamara su revancha, ¿seríamos capaces de seguir sosteniendo?
El viento arrastraba el silencio, y la ruta parecía susurrar que el límite entre sostener y soltar es delgado… demasiado delgado.
Ahí seguí, sosteniendo, mientras la sombra del abismo permanecía cerca, recordándome que la verdadera prueba no era la curva, ni la carga, ni el peligro visible, sino ese instante en que uno descubre que el monstruo que duerme adentro nuestro no siempre pide permiso.
Una roca solitaria, al borde del precipicio, parecía mirarme, como si supiera que incluso lo más pequeño puede volverse amenaza, cuando se deja de respetar el límite.
Mantener mi eje, calcular mi peso, controlar la inercia… Rutinas simples y peligrosas, complejas para quienes no las viven.
Acciones cuya responsabilidad sostiene otras vidas… y que la mayoría les da el mismo valor que a una distracción fugaz.
La verdadera medida de un acto no está en su rapidez, sino en su peso y en saber anticipar sus consecuencias.
A veces dudo si habrá un juicio final que mida nuestras acciones, o si nuestros méritos solo contarán en esos segundos finales en que todo se vuelve una avalancha de memoria atemporal.
He visto cuerpos vivos desvanecerse en carne muerta, con rostros helados que se niegan a dar respuesta.
A veces envidio a los mezquinos, que se alimentan de recompensas inmediatas sin que los principios ni la moral los afecten.
Pero prefiero la paz egosintónica, sumando cada día una gota más al mar de dignidad en el que elijo habitar.
Y en ese pélago insondable, siento la eternidad que merecen mis actos, aunque nadie más lo vea.
